martes, 25 de octubre de 2011

Espectoraciones


No queda lugar para los que callan, no queda lugar para los que nacieron con las comisuras de los labios descendentes, no quedarán reductos rurales para los ermitaños no-frost.
A veces no queda otra.
A veces, clavarse en el suelo al margen de la corriente arranca los párpados de su hermetismo huracanado y se traga; agua, sal, bosquejos de tinta y nada.
Violeta a más no poder, amoratada la tráquea y la mandíbula colgando de su bisagra estiloidea, los dientes descarrilados, la nariz un surco rojo, y la empatía cubierta de mugre... Traducción, un bostezo, una ligera mueca de asco, y un calculado deslizamiento del cuerpo hacia el suelo.
Nunca curaré, por tanto... nunca más enfermaré. Optimismo a pelo, sin azúcar, sin leche, amargo como... como qué? Como la sonrisa forzada del idiota empañando el cristal? Como el dedo simiesco que se arrastra sin piedad por el campo de batalla de la precipitación infantil.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Distopía de la alta cultura



Por un puñado de erudición se alquilaban cuerpos día y noche. Por un puñado de erudición se desataban las guerras. Por un puñado de erudición se mataba y se moría.

Cuatro años dedicados a atesorar dinero para acabar recibiendo tres novelas rosas al mes a cambio de cuarenta horas de trabajo semanales. ¿Y los años anteriores? Acumulando cobre, monedas mal acuñadas y algún que otro billete de poco valor con anotaciones a bolígrafo y mil y una sustancias conviviendo entre sus dobleces de fibrilla de algodón. Alguna vez, cuando la posibilidad le permitía arremolinar suficientes de esos, rascando con ímpetu, podía llegar hasta a hacerse una raya.

El sueño inquieto del que dormía bajo el puente se debatía entre salir a pedir alguna revista del corazón para pagarse aquello que le quitaría el hambre y otras ansias por unas horas; o guardárselas para intentar rehacer su vida sobre el puente, o mejor, lejos de él. Al final llegaba la pesadilla recordándole que probablemente sólo conseguiría algún panfleto de propaganda arrugado, y daría gracias por que no fuera de alguna secta de desnortados sin fronteras.

El padre de familia de clase media aspiraba a algún día, nadar entre enciclopedias actualizadas, deleitarse con óperas trasnochadas y, por qué no, cumplir sus fantasías sexuales con alguna fémina jóven con doctorado. No quería esto decir que se olvidase de su familia, para ellos quería lo mejor. Que su mujer tenga los clásicos y sus correspondientes comentarios por expertos a su plena disposición para que nunca le falte tema de conversación en el café más moderno de la ciudad. Que sus retoños acumulen a ser posible billetes de más de cincuenta euros para tener ese futuro, tan incierto de un tiempo a esta parte, asegurado. Así se garantizarán, al menos, no tener que conocer la miseria del best-seller, por no hablar de los divulgadores científicos y los tertulianos de la televisión.

Y en la cúspide del intelecto, en la cresta de una ola que parecía no romper nunca, se hallaban esos pocos cerebros andantes. Desayunaban física cuántica aderezada con alguna cuestión metafísica desnatada. Conociendo como conocen, la situación del resto de la humanidad, reflexionan impasibles en sus ilustrados palacios. De vez en cuando, sedan su conciencia lanzando al aire arte conceptual. Lamentan después la mala gestión de estas amables donaciones preguntándose inútilmente qué es lo que falla dentro del mecanismo... Minucias, si esta cuestión les quitara el sueño, siempre recurrirían a un confortable problema de genética molecular antes de ir a dormir.

martes, 20 de septiembre de 2011

El sentido de la vista



Son las 4 de la mañana y huele a podredumbre de fondo de cubo. A orín oxidado, a callejón deflorado, a extensión de conversación mohosa ya. Gotea la bolsa y se desintegra despacio la carne, desprende calor y no llega a caerse, nunca. Se funde con el suelo cuando lo toca, y ya no es lo que solía ser. Se banaliza a sí misma y... se pierde.

Son las 10 de la mañana y huele a canela en té, en rama, en polvo. Polvo espolvoreado en galleta, en galleta cuadrada, rectangular, cuadrilátera sin lugar a dudas. Niebla en el pecho y respiración profunda, diafragma a punto, no de estallar, sino de despertar. De salir de un letargo de horas que parecieron años.

Son las seis de la tarde y huele a chuche. A golosina si lo prefieres, a fruta del bosque en definitiva. Que no llega a refrescar porque se enreda, como el pelo entre los dedos, no hablo ya de entre las púas. La golosina camina en una rima infantil, como en la cuerda floja, en equilibrio, en alivio, en tensión. Se relame los labios con saña y suspira.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Intransitable



Patronizados bajo las estrellas, cargados de salud mental, nos llevamos arrastrando al abismo,
se nos saltan las lágrimas mientras descorchamos las costras que no nos dejarán curar
jamás, ladraremos al unísono y nos perderemos intentando descifrar de qué color es el mundo


Faltan doce días para llegar al final del camino polvoriento
donde me descalzaré y correré a sotavento,
aplaudiré a la nada y reiré la risa de las hienas desbocadas.


Aquí sólo tienen prisa los que quieren llegar a algún lado,
los que hace tiempo que no llevan las córneas empañadas de sudor,
entre tanto y entre tan poco, el ahora sigue rodando.

martes, 30 de agosto de 2011

Agosto



La destrucción sin huella humana se me empieza a antojar utopía.
Y vuelve mi raya en medio,
y de fondo estalla esta tos que viene de súbito y parece no acabar nunca,
que flemática me ahoga en la oscuridad.
Y volverán a abrírseme las manos,
síntoma de trementina al viento.
Ya llegó hace un par de semanas con su luz de cristalera ahumada
respiración entrecortada, cosquilleos en la tráquea
no los oigo, están blindados, al sonido, al contacto,
al olor pegado a las sábanas
que se me pegan a mí de madrugada,
agostadas.

domingo, 7 de agosto de 2011

Slow hands



Pendiendo de un hilo, lejos de ese lugar al que llaman infinito
clavaba contradicciones en las rendijas de la madera podrida
pensaba construir con ello una balsa y meter allí a todo aquel que gustase de dar un paseo a la deriva,
la rendija por la que observaba el mundo comenzaba a ser cenital
un cogote, dos cogotes, un escote bien llevado...
Así ganaba en escorzo, así perdía en áurea proporción, así se deshacía de la terrible sensación
de vivir agarrado por la cara oculta del ombligo.
Un cóctel seco tras otro, no hacían más que apagar su humor,
el vítreo, no el otro.
Cargado de ese otro, buen humor y sonrisa algo pétrea,
se despidió temporalmente del mundo con las manos bajo la cabeza.

Accidente



Perpleja, mojada, perpleja
Bajo la lluvia torrencial que llevaba milenios anunciándose con rebaños desbocados de nubes enfurecidas
Adherida al inmenso charco que antes fue suelo, antes fue opaco, ahora era espejo.
Lugar para la perspectiva que tan amenazada se encontraba por el caos reinante en sus tímpanos artísticamente perforados.
Las palabras se amontonaban sobre su lengua, sin dejar salir antes de entrar, cediéndole así el paso al silencio.
Recortó con sus pupilas retazos de lo que ya no era, exhalaba olor a resaca, pero su resaca olía a roscón de reyes.
Vencida bajo la ofensiva de la precipitación, se sentó en ese espejo que antes fue suelo y se lamió las patas delanteras, se estremeció dos veces, y maulló.