martes, 20 de septiembre de 2011

El sentido de la vista



Son las 4 de la mañana y huele a podredumbre de fondo de cubo. A orín oxidado, a callejón deflorado, a extensión de conversación mohosa ya. Gotea la bolsa y se desintegra despacio la carne, desprende calor y no llega a caerse, nunca. Se funde con el suelo cuando lo toca, y ya no es lo que solía ser. Se banaliza a sí misma y... se pierde.

Son las 10 de la mañana y huele a canela en té, en rama, en polvo. Polvo espolvoreado en galleta, en galleta cuadrada, rectangular, cuadrilátera sin lugar a dudas. Niebla en el pecho y respiración profunda, diafragma a punto, no de estallar, sino de despertar. De salir de un letargo de horas que parecieron años.

Son las seis de la tarde y huele a chuche. A golosina si lo prefieres, a fruta del bosque en definitiva. Que no llega a refrescar porque se enreda, como el pelo entre los dedos, no hablo ya de entre las púas. La golosina camina en una rima infantil, como en la cuerda floja, en equilibrio, en alivio, en tensión. Se relame los labios con saña y suspira.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Intransitable



Patronizados bajo las estrellas, cargados de salud mental, nos llevamos arrastrando al abismo,
se nos saltan las lágrimas mientras descorchamos las costras que no nos dejarán curar
jamás, ladraremos al unísono y nos perderemos intentando descifrar de qué color es el mundo


Faltan doce días para llegar al final del camino polvoriento
donde me descalzaré y correré a sotavento,
aplaudiré a la nada y reiré la risa de las hienas desbocadas.


Aquí sólo tienen prisa los que quieren llegar a algún lado,
los que hace tiempo que no llevan las córneas empañadas de sudor,
entre tanto y entre tan poco, el ahora sigue rodando.

martes, 30 de agosto de 2011

Agosto



La destrucción sin huella humana se me empieza a antojar utopía.
Y vuelve mi raya en medio,
y de fondo estalla esta tos que viene de súbito y parece no acabar nunca,
que flemática me ahoga en la oscuridad.
Y volverán a abrírseme las manos,
síntoma de trementina al viento.
Ya llegó hace un par de semanas con su luz de cristalera ahumada
respiración entrecortada, cosquilleos en la tráquea
no los oigo, están blindados, al sonido, al contacto,
al olor pegado a las sábanas
que se me pegan a mí de madrugada,
agostadas.

domingo, 7 de agosto de 2011

Slow hands



Pendiendo de un hilo, lejos de ese lugar al que llaman infinito
clavaba contradicciones en las rendijas de la madera podrida
pensaba construir con ello una balsa y meter allí a todo aquel que gustase de dar un paseo a la deriva,
la rendija por la que observaba el mundo comenzaba a ser cenital
un cogote, dos cogotes, un escote bien llevado...
Así ganaba en escorzo, así perdía en áurea proporción, así se deshacía de la terrible sensación
de vivir agarrado por la cara oculta del ombligo.
Un cóctel seco tras otro, no hacían más que apagar su humor,
el vítreo, no el otro.
Cargado de ese otro, buen humor y sonrisa algo pétrea,
se despidió temporalmente del mundo con las manos bajo la cabeza.

Accidente



Perpleja, mojada, perpleja
Bajo la lluvia torrencial que llevaba milenios anunciándose con rebaños desbocados de nubes enfurecidas
Adherida al inmenso charco que antes fue suelo, antes fue opaco, ahora era espejo.
Lugar para la perspectiva que tan amenazada se encontraba por el caos reinante en sus tímpanos artísticamente perforados.
Las palabras se amontonaban sobre su lengua, sin dejar salir antes de entrar, cediéndole así el paso al silencio.
Recortó con sus pupilas retazos de lo que ya no era, exhalaba olor a resaca, pero su resaca olía a roscón de reyes.
Vencida bajo la ofensiva de la precipitación, se sentó en ese espejo que antes fue suelo y se lamió las patas delanteras, se estremeció dos veces, y maulló.

viernes, 29 de julio de 2011

Ruido ovino


No había reloj, sólo había luna. Luna y calor, calor que conllevaba un sudor que no sabía ya si era frío o caliente. Con un golpe seco se le ocurrió encender la radio, no buscó emisora pues cualquier cosa sonaría endiabladamente casposa y lo sabía. Con la misma sequedad y de golpe se dejó caer en la cama, deshecha desde hacía días o semanas. La deprimente calidad de las melodías o la mala sintonización, algo, la llenó de tristeza. Se hizo un ovillo y se perdió en el ruido blanco con la vista fija en sus pies.


Sabía que no era bucólico. Por eso sabía que el pastor siempre se follaba a la oveja más débil. Si no daba lana, tenía que dar otra cosa. Sabía que no era bucólico pues aún no había aprendido a silbar. Con veintidós años no tenía ni batallas perdidas, ni trofeos en la piel, ni un hueso roto, siquiera. Por eso no sabía qué hacer, si seguir así, o decidirse a secuestrar una nube para hacer un simulacro de idilio intelectual.

domingo, 24 de julio de 2011

Charco



Al otro lado del Pacífico
yo me derrito y me solidifico
como perlas de sudor en la frente
que nacen en el pelo
y corren por el entrecejo
entre rayos de sol entretejidos a su antojo.
Se sobornan, y se empujan
y corren sin saber qué hacer con su
pellejo y se reflejan al otro lado
del otro lado
donde no saben qué hay.